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Oreos

Era de madrugada cuando recibí el primer mensaje de Juanjo. Tenía el teléfono en silencio, así que la luz de la pantalla de mi móvil tuvo que iluminarse varias veces antes de que consiguiese despertarme. Saqué una mano de debajo de las sábanas y sentí el frío de la noche subiendo por mi brazo; primero la muñeca, el antebrazo, el codo… Busqué a tientas el teléfono en la mesilla de noche. Entreabrí un ojo intentando leer los mensajes que iban apareciendo con demasiada rapidez en la pantalla. Cuando mis ojos se acostumbraron a la luz pude centrar la vista. Me levanté con rapidez haciendo que la sangre me bajase de golpe desde la cabeza, e impactase en el estómago. Tuve que apoyarme en la pared para no caerme tumbada de nuevo. Respiré hondo y saqué los pies de la cama. Me vestí por encima del pijama con la ropa que tenía tirada encima de la silla y, mientras empujaba los pies en los zapatos, agarré con la mano libre la mochila apoyada en la mesa.

Tenía poca comida en los armarios del piso, pero como nunca nos faltaban galletas, me apropié del paquete de oreos medio abierto. Fuera hacía frío, y el aire invernal me golpeaba el rostro haciendo que me picasen las mejillas, y me quedase la boca seca al respirar. Me subí la bufanda hasta la nariz mientras andaba segura hacia mi destino. Cuando llegué, lo encontré apoyado en la corta pared de piedra del puente. Los hierbajos habían empezado a crecer entre los bajos muros, y la madera robusta que hacía de suelo parecía débil bajo su peso. El suelo estaba mojado y medio congelado, y el río, que circulaba por debajo de nosotros, rugía al chocar con las rocas. Pequeñas gotas de agua dulce saltaron hasta mis gafas cuando me agaché con cautela y me senté a su lado. Él se encontraba en posición casi fetal, la cabeza escondida entre las piernas y las manos apoyadas en las rodillas. Para entrar en calor y reconfortarle, le rodeé con un brazo atrayéndolo hacia mi pecho. Levantó la cabeza mientras recogía el móvil que descansaba, oscuro, en su costado.

– Has llegado rápido.
– No me has dado otra opción -dije mientras le acariciaba el pelo- ¿Qué ha pasado?
– Te he despertado -se apartó para mirarme fijamente mientras sus ojos compungidos se cerraban al inclinar la cabeza-. Lo siento, de verdad.
– Eh -susurré mientras le levantaba la barbilla para dejar su cara al mismo nivel que la mía-. Me has despertado. No es tan grave.
Noté como tiritaba bajo mi tacto y el agua goteaba desde su nariz.
– ¿Se puede saber cuánto tiempo llevas aquí sentado? ¿Dónde has estado?
– Aún no he vuelto a casa -respondió avergonzado-. No quiero que nadie me vea.
Giré sobre mí misma para coger la mochila.
– Come -le amenacé poniéndole el paquete de oreos medio abierto delante de la cara- Hacía tiempo que no veníamos a este lugar -suspiré-. Ahora, dime, ¿qué es lo que ha pasado?
Habló con la boca negra y pastosa, por lo que no pude distinguir con claridad sus palabras.
– ¿Qué has dicho del piano?
Masticó deprisa la masa que se le había formado, e intentó volver a hablar, pero se atragantó. Empezó a toser y pequeñas migas saltaron hacia el agua. Le miré con preocupación mientras le daba unas palmadas en el pecho intentando que se recompusiera. Sabía que era mala idea, pero lo hice igualmente. Cuando se rehízo le cogí la cara entre las manos y esperé a que dijese algo más.
Por un instante, se le iluminaron los ojos al mismo tiempo que cogía aire por la nariz, pero con un golpe de cabeza, volvió a su estado taciturno. Como siempre, no dijo nada. Me quedé mirándolo esperanzada a que decidiese aportar sus pensamientos a la situación. Nada. Su vacía mirada me observaba inquisidoramente.
-Sabes, llegará un día en el que me canse de esperar a que hables. Que decidiré no escrudiñar tu cerebro en busca de las palabras que nunca me dices, y en el que no me ilusionaré al ver ese brillo detrás de tus ojos. Que el “nada”, que siempre me contestas, ya no será una respuesta válida, y todo sueño que haya podido tener de estar contigo, lo acabaré dando por perdido. Me has dicho que venga, y aquí estoy. Me has dicho que era urgente, y he salido con el pijama. –Medio sonrió- ¿Se puede saber cuánto tiempo llevamos con esta tontería? –le di un golpe en el pecho con el dorso de la mano- Por el amor de dios, ¡bésame de una maldita vez!

Me miró sorprendido. Cogió la mano con la que acababa de pegarle, y la besó para atraerme seguidamente hacia él. Todo pasó muy deprisa. Lo siguiente que recuerdo es estar apoyada junto a la corta pared de piedra, mientras él vomitaba una masa pastosa, negra y con un olor desagradable en el río que seguía fluyendo.

-Mierda. No me acordaba que eras alérgico a la lactosa.

En ese instante, unas voces empezaron a proferir gritos detrás de nosotros. Siempre tan puntuales. Siempre tan precisos. Nuestro grupo de amigos volvía de fiesta entre latas de cerveza y humaredas con olor a maría. Nos levantamos de golpe y entre alcohol y luces, un flash fijó la imagen de una cuadrilla; dos pares de imbéciles con las pupilas rojizas y una pareja sonrojada con los ojos entornados.

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